Por Víctor Hugo Arteaga

Hay ciudades que organizan un Mundial y hay ciudades que saben qué hacer con el Mundial.

Guadalajara pertenece a la segunda categoría.

Ahora que las luces se apagaron, que los aficionados regresaron a sus países y que la Copa del Mundo de 2026 ya forma parte de la historia, empieza la verdadera evaluación para las tres sedes mexicanas.

Y si la pregunta es cuál consiguió convertir mejor una inversión pública en experiencia, actividad económica, exposición internacional y posibilidades de futuro, Jalisco tiene argumentos que difícilmente pueden ignorarse.

No porque haya gastado más. Todo lo contrario. Porque hizo mucho con relativamente poco.

Jalisco destinó alrededor de 450 millones de pesos para la operación, logística e infraestructura relacionada con el Mundial en Guadalajara.

A cambio, la entidad reportó una derrama económica cercana a 11 mil 500 millones de pesos.

La aritmética es brutalmente sencilla: por cada peso invertido se movilizaron alrededor de 25.6 pesos de actividad económica.

No significa que los 11 mil 500 millones hayan ingresado a las arcas públicas ni que sean una utilidad gubernamental. Sería irresponsable decirlo así.

Significa algo distinto y mucho más interesante: la inversión pública funcionó como detonador de una actividad económica aproximadamente 25 veces mayor que el recurso destinado a hacer posible el evento.

Y todavía falta mirar al visitante.

El FIFA Fan Festival de Guadalajara acumuló 1,719,975 visitas durante 39 días, con más de un millón de personas distintas.

Si se toma como referencia el millón de asistentes distintos, los 450 millones de pesos equivaldrían a aproximadamente 450 pesos de inversión por persona.

Dicho de otra manera: Jalisco consiguió colocar a más de un millón de personas frente a su cultura, gastronomía, música, comercio y hospitalidad durante el Mundial con un costo público equivalente a unos 450 pesos por persona.

Y si la referencia son las casi 1.72 millones de visitas acumuladas, el costo equivalente baja a aproximadamente 262 pesos por visita.

No es una tarifa de entrada. Es el costo relativo de la operación. Y eso es precisamente lo que hace tan interesante el caso Guadalajara.

Porque mientras Monterrey puede presumir una derrama superior a los 10 mil millones de pesos y un Fan Festival de 2.5 millones de asistentes, y Ciudad de México puede presumir la escala incomparable de haber recibido la inauguración y una parte sustancial de los partidos del torneo, Guadalajara puede presumir algo diferente: Rendimiento.

El Mundial no se trataba solamente de llenar estadios. Se trataba de demostrar capacidad.

Y Guadalajara llenó el suyo.

Los cuatro partidos disputados en el Estadio Guadalajara tuvieron una ocupación promedio de 99.1 por ciento.

Pero los números no explican por sí solos lo que ocurrió.

Hay que mirar quiénes estuvieron ahí.

Corea del Sur convirtió a Guadalajara en una de sus casas mundialistas.

España jugó en Guadalajara.

Y España terminó siendo campeona del mundo.

Ese último detalle puede convertirse en uno de los activos de marca más extraordinarios que Jalisco haya obtenido de un acontecimiento deportivo.

Guadalajara no fue la ciudad donde España levantó la Copa. La levantó en Nueva York-Nueva Jersey.

Pero sí fue una de las ciudades que formaron parte del camino del campeón.

Y eso permite construir una narrativa que no necesita inventarse: Guadalajara, la Casa del Campeón.

¿Qué puede valer eso?

Todavía no lo sabemos.

Y ahí está precisamente la obligación de ser serios.

No podemos decir que el Mundial ya produjo determinado número de turistas españoles adicionales o determinada cantidad de inversión coreana. Es demasiado pronto.

Pero sí podemos afirmar que Jalisco obtuvo algo que una campaña publicitaria convencional habría tenido enormes dificultades para comprar: Exposición internacional orgánica.

Durante semanas, Guadalajara apareció en las noticias, en las transmisiones, en las redes sociales y en las conversaciones de aficionados de España, Corea del Sur y otros países.

Los jugadores entrenaron aquí. Se hospedaron aquí. Jugaron aquí.

Los aficionados caminaron por sus calles. Los medios internacionales transmitieron desde aquí.

Y cada imagen de un futbolista entrando a un hotel, entrenando en una cancha o jugando en el estadio llevaba implícitamente el nombre de la ciudad.

Eso es earned media. Y vale.

Tal vez todavía no sepamos exactamente cuánto. Pero vale.

Con Corea del Sur, además, Jalisco tiene frente a sí una oportunidad económica que trasciende completamente al fútbol.

Corea es una potencia tecnológica, industrial y exportadora.

Tecnología, automoción, electrónica, semiconductores, manufactura avanzada, comercio y turismo son sectores donde una relación más profunda puede resultar estratégica.

Con España, el terreno es distinto, pero igualmente atractivo: turismo, hotelería, gastronomía, energía, tecnología, industrias creativas, aeronáutica y agroindustria.

Por eso el Mundial puede terminar siendo algo mucho más importante que un acontecimiento deportivo.

Puede ser diplomacia económica con balón.

Y hay otro resultado que me parece todavía más importante porque no puede medirse en pesos: La seguridad.

En Guadalajara hubo jornadas con decenas de miles de personas concentradas simultáneamente. El Fan Festival llegó a su máxima capacidad. Hubo cierres viales, controles de acceso, operativos especiales y movilizaciones masivas.

Y el resultado reportado fue saldo blanco en las principales jornadas mundialistas.

En Ciudad de México, en cambio, los festejos posteriores al partido México-Ecuador estuvieron acompañados por un episodio trágico, con aproximadamente 1,600 personas lesionadas y cinco personas fallecidas, de acuerdo con los reportes difundidos entonces.

No se trata de burlarse de una tragedia ni de utilizar las víctimas para una comparación política.

Se trata de reconocer una verdad elemental: en un acontecimiento masivo, que nada grave ocurra también es un resultado.

Una vida no tiene precio.

Precisamente por eso la prevención sí tiene un valor incalculable.

La seguridad no genera fotografías espectaculares ni titulares económicos.

Genera normalidad.

Y la normalidad, durante un Mundial, es una victoria.

Por eso resulta tan importante mirar los 450 millones de pesos de Jalisco desde una perspectiva más amplia.

No fueron solamente dinero para montar cuatro partidos.

Fueron recursos destinados a crear una operación capaz de recibir al mundo. Y el mundo llegó. Llegó al estadio. Llegó al Centro Histórico. Llegó a los hoteles. Llegó a los restaurantes. Llegó a las calles.

Y, sobre todo, miró a Guadalajara.

Ahí está, quizá, la diferencia más importante frente a las otras sedes mexicanas.

Ciudad de México tuvo la escala.

Monterrey tuvo una extraordinaria derrama.

Guadalajara tuvo algo que puede ser todavía más valioso con el paso del tiempo: una historia para seguir contando.

La historia de Corea. La historia de España. La historia del campeón.

La historia de una ciudad que recibió cuatro partidos con el estadio prácticamente lleno.

La historia de 39 días de Fan Festival y casi 1.72 millones de visitas.

La historia de más de un millón de personas distintas entrando en contacto con Guadalajara.

La historia de 11 mil 500 millones de pesos de derrama frente a una inversión de aproximadamente 450 millones.

Y la historia de una operación que consiguió que el Mundial transcurriera sin que la seguridad se convirtiera en el protagonista.

Eso es lo que significa hablar de costo-beneficio.

No significa afirmar que Guadalajara fue la sede con más visitantes.

No significa negar los extraordinarios resultados económicos de Monterrey.

No significa minimizar la dimensión de Ciudad de México.

Significa preguntarnos algo mucho más inteligente: ¿Qué sede consiguió convertir mejor sus recursos en valor presente y futuro?

Mi respuesta es Guadalajara.

Y no porque sea una cuestión de orgullo local. Porque los números permiten sostenerla.

Pero hay una condición. El Mundial terminó. Ahora viene lo difícil.

Jalisco tendrá que convertir la exposición en turismo. La hospitalidad en confianza. La confianza en negocios.

El recuerdo del campeón en una estrategia permanente con España.

Y la relación con Corea del Sur en una puerta de entrada para inversión, tecnología y cooperación.

Si lo consigue, entonces los 450 millones de pesos dejarán de ser vistos como el costo de organizar un Mundial.

Serán recordados como la inversión que puso a Jalisco frente al mundo.

Porque hay una diferencia enorme entre organizar un acontecimiento y aprovecharlo.

Guadalajara ya organizó el Mundial. Ahora tiene que jugar el partido que verdaderamente importa.

El que se juega después del Mundial.

Y si sabe jugarlo, quizá dentro de algunos años podamos mirar hacia atrás y entender que la Copa de 2026 no terminó el 19 de julio. Para Jalisco, apenas comenzó.